Una buena defensa jurídica requiere de transparencia, si un cliente no le cuenta toda la verdad a su abogado y en juicio su abogado es sorprendido con hechos que desconocía, probablemente el resultado no sea favorable, es un suicidio engañar a quien por nosotros va a interceder.

Así como en un proceso judicial se requiere de transparencia y frontalidad, Dios también cumple de manera expresa con la función de ser nuestro protector, ayudador y nuestro abogado. En 1 Juan 2:1 nos dice: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”.

El pecado es un vituperio contra Dios, es todo lo que se opone a Dios, es una afrenta y un agravio que nos separan de Dios, su protección y de su favor. Como lo dice 1 Juan 1:9: “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad”.

El carácter de Dios es reflejado en sus mandamientos, exige santidad porque es Santo, exige que se haga justicia porque es Justo y nos pide que perdonemos porque es un Dios tardo para la ira y grande en misericordia, es especialista en recibir corazones arrepentidos y humillados. Como se menciona en Lucas 17:3-4: “Así que, ¡cuídense! Si tu hermano peca, repréndelo; y, si se arrepiente, perdónalo. Aun si peca contra ti siete veces en un día, y siete veces regresa a decirte: “Me arrepiento”, perdónalo”.

Así que si Dios nos pide que perdonemos abiertamente a nuestros hermanos es porque así mismo nos ha perdonado incontables veces y espera que sigamos buscándolo porque se regocija en el amor genuino, para eso creó, para su gloria.

El caso de David lo leemos en Salmo 32: 3-5, 9: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos. En mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado”. “No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, Porque si no, no se acercan a ti”.

Ocultar un pecado, o una vida de pecado, no solo es una transgresión contra Dios, nos corroe a nosotros mismos mientras mantenemos nuestro pecado, pues primeramente no vamos a hallar paz ni esperanza, el pecado es una actitud vana y vacía por naturaleza, jamás va a ser la solución a nada, pues es la forma que hemos aceptado para huir de nuestros temores, esta actitud es guiada por nuestra soberbia, pues Dios incansables veces en la Biblia y en nuestras propias vidas ha pasado por alto nuestros agravios y ha mantenido su favor si reconocemos nuestra condición. Sin embargo, si nuestro pensamiento ante esto es pecar para que luego Dios nos perdone entonces nuestro corazón no está en el amor de Dios sino en nuestros deseos pasionales, por ello seremos juzgados y con todo derecho merecedores de un castigo.

Dios es eterno, él no cambia, sus pensamientos no cambian, su voluntad no cambia. Dios puede perdonarnos todos los días (no que sea motivo para pecar todos los días, sino que si aún lo hiciéramos él es fiel) pues se deleita en hacer misericordia, ¡Murió por nosotros! No tendrá en olvido por quienes dio su vida.

En Miqueas 7:18-20: se nos habla de la misericordia del Señor: “¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados. Cumplirás la verdad a Jacob, y a Abraham la misericordia, que juraste a nuestros padres desde tiempos antiguos”.

El pecado es tan grave que nos puede condenar eternamente a una muerte, al destierro, el castigo de Dios para quienes se rebelaron. Dios es Santo y jamás podrá convivir con el pecado, es contra su naturaleza, el pecado es así de grave. Dios es así de Santo, que se despojó de sí mismo, se hizo hombre y pagó el precio de nuestra transgresión en sí mismo, por Jesucristo somos salvos, y si rechazamos esa sangre del unigénito de Dios, no somos conscientes de la condenación a la que nos perfilamos.

El pecado avergüenza, deprime y confunde; es la naturaleza del pecado, estar lejos de Dios y sus atributos. El pecado nos deja vulnerables ante la maldad de este mundo y Satanás. Aunque resulta peligrosamente atractivo.

Por ello, a pesar de que vaya en contra de nuestro deseo, debemos urgentemente someter lo carnal en nosotros y vivir en fe por el Espíritu, esto es, recibiendo el perdón de Dios y descansando en sus misericordias. Aunque, por voluntad propia confesar nuestro pecado y cambiar esa forma de vida nos parezca difícil, es necesario hacerlo para que Dios sea exaltado en nosotros.

Si aún tienes dudas de qué tan grave es no confesar los pecados, si crees que puedes vivir con un pecado oculto y pensar que luego lo arreglarás, quizás es necesario volver al Edén y buscar cuando pecaron Adán y Eva, y ver que Dios los expulsó.

El relato bíblico no menciona que haya sido instantáneamente, Jehová incluso les hizo preguntas retóricas, acaso ¿No sabía Dios dónde estaban? Claro que lo sabía! pero aun así, Adan y Eva respondieron ingenuamente desconociendo al Dios con el que habían habitado y buscaron excusas y subestimaron su pecado, pero lo que no encontramos en esta historia es un arrepentimiento.

No sugiero que su estadía en el Edén se hubiera prolongado; sin embargo, como vimos en el caso de David, claro que los hubiera perdonado y mostrado nuevamente su favor después de su corrección y gozar de la esperanza de una eternidad junto al Creador de todo.

Recordemos que el pecado trae consecuencias que pueden acompañarnos para el resto de la vida, por ello es urgente confesar nuestro pecado en oración, de manera sincera, honesta y humilde. Y Dios que es fiel y justo nos perdonará y quedamos nuevamente dentro de su cobertura bendita. Así que, confesemos todos los días nuestros pecados porque eso pueda cambiar nuestros rumbos.

Hno. Alexandro Benenaula

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