Desde que empezó la pandemia por el virus COVID19 hace más de un año, puedo decir con toda seguridad que usted ha estado frente a muchas situaciones no esperadas, ni planificadas, como: duelos, rupturas familiares, pérdidas económicas, enfermedades, conflictos familiares, fracaso escolar, suicidio, etc. Por esto la Organización Mundial para la Salud (OMS) se encuentra en constante publicación de recursos de ayuda para que los profesionales de la salud, tengan las herramientas para acudir en ayuda en las distintas esferas de la salud mental en los sujetos, debido a las secuelas y lesiones en el ámbito emocional que han sido mundiales.
Durante mis 11 años de trabajo profesional como psicóloga clínica, he podido evidenciar que las patologías clínicas no son identificadas hasta que el paciente intenta agredirse a sí mismo o dañar a su entorno sea familiar o social. Esto me lleva a mi mayor reflexión como pastora ministerial de la IFE: ¿estamos como cristianos también expuestos a estos cambios emocionales producto de esta realidad o solamente ocultamos nuestro malestar para no sentirnos inferiores o no escuchados?
Casualmente el día de hoy me escribía una de mis pacientes quién es profesional en medicina y creyente, la cual presentaba una fuerte crisis de angustia y depresión frente a situaciones que definitivamente salen de nuestro control. Mis palabras fueron orientadas a la necesidad de tener siempre presente que no podemos controlar todo y de ahí nace la importancia de tener una conexión día a día con nuestro creador. ¿Qué pasa cuando nuestra fe decae?, ¿cuándo todo se torna oscuro por el panorama donde nos desenvolvemos y vivimos la angustia del día?; pues ahí es cuando más debemos buscar el apoyo los unos a los otros, mediante la oración porque cuando su voz decline estará la voz de clamor de su hermano. En muchas ocasiones usted como cristiano también va a padecer de angustia y las adversidades de la angustia de su hermano o hermana. Recordamos que nuestro propio Señor Jesucristo animaba a otros a velar para no entrar en tentación aun sabiendo que se acercaba la hora de su muerte, según lo podemos leer en el libro de Mateo 6:41: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.” Sabiendo que quedaba poco tiempo para ser apresado estaba padeciendo una agonía emocional en el Getsemaní, este lugar que había sido un lugar de paz, un “jardín de olivos”, y que pronto sería el lugar de su captura. Aunque sus discípulos dormían ya cansados sabía que sería llevado por senderos de muerte al Gólgota, más tenía certeza que Dios Padre tenía todo en control. La mejor forma de manejar una emoción que está fuera de control es sacrificándola delante de Dios, exponiéndola tal como dice el libro de Salmos 31: 2-3 “Inclina a mí tu oído, líbrame pronto; Sé tú mi roca fuerte, y fortaleza para salvarme. Porque tú eres mi roca y mi castillo; Por tu nombre me guiarás y me encaminarás.”.
Y usted… ¿cómo se encuentra? Sabía que puede escribir o llamar a su pastor, o consejero de confianza dentro de su congregación, pues no es saludable reprimir un dolor, recuerde que como iglesia somos una familia abierta orando los unos por los otros en tiempo y fuera de tiempo en las distintas actividades que tenemos como Iglesia Filadelfia en el Ecuador.
Sabe, que es una alegría saber que no estamos solos, ni siquiera en el momento de la aflicción. Recuerde que la vida es un peregrinaje, un viaje donde en algún momento tendremos que llegar a nuestro destino final, la patria celestial, donde no habrá más llanto ni más dolor. Y esta es la esperanza para nosotros quienes creemos en el mensaje de nuestro salvador Cristo Jesús. Y en esta esperanza decimos sus palabras: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Palabras que reflejan el dolor humano que son, al menos para mí, una fuente de fortaleza.